Aproximadamente 6 millones y medio. Todos esos somos. Todos compartiendo un mismo suelo, todos respirando de la misma atmósfera. Todos tan desconocidos, pero tan iguales. Al mismo tiempo que alguien nace otro alguien muere. Mientras uno ríe otro llora; uno pierde y otro gana. El que pierde piensa en el egoísmo del que gana, porque este último no piensa en el que pierde. Pero así vivimos. Así compartimos planeta. Sin mirarnos entre nosotros. Escribiendo en el metro por no vernos las caras de amargura, los ojos de cansancio por cumplir con nuestros jefes. Otros escuchan música, leen o simplemente se miran en el reflejo del cristal oscuro... ¡Ah sí! o duermen. Mayores y jóvenes comparten agonía; comparten viaje en silencio, en absoluta calma. Es como si el monótono sonido del metro adormeciera nuestra urbanita actividad, sin dejarnos alternativa.
Solo los nuevos prestan atención a la ya conocidísima voz que nos avisa de cada estación; el resto solo son "zombies" que aún durmiendo tienen calculado dónde despertarse para no pasarse de parada. Después los nuevos se alteran impacientes en las colas para salir; mientras que los veteranos esperan como esclavos su turno eligiendo salidas estratégicas por las que tardar menos tiempo en abandonar el tunel.
Me pregunto de qué dependerá que a veces haya música y otras no en el metro. ¿Dependerá de lo "salao" que sea el conductor o de la actitud de los pasajeros? ¿Intentan antestesiarnos aún más? Porque la música elegida bien puede servir para tratar insomnios.
Y así repetimos el ritual cuatro veces al día: esperar cola para entrar, sentarse (si hay suerte) y seguir esperando, pulsar botón para abrir puertas, buscar un hueco, acomodarse y salir huyendo del repetitivo pitido de las puertas automáticas. Y ya Abando: mi hora de bajar.
Me pregunto de qué dependerá que a veces haya música y otras no en el metro. ¿Dependerá de lo "salao" que sea el conductor o de la actitud de los pasajeros? ¿Intentan antestesiarnos aún más? Porque la música elegida bien puede servir para tratar insomnios.
Y así repetimos el ritual cuatro veces al día: esperar cola para entrar, sentarse (si hay suerte) y seguir esperando, pulsar botón para abrir puertas, buscar un hueco, acomodarse y salir huyendo del repetitivo pitido de las puertas automáticas. Y ya Abando: mi hora de bajar.
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